jueves, 1 de octubre de 2009

El limbo tanático de Artaud

El ombligo de los limbos


Allí donde otros proponen obras yo no pretendo
otra cosa que mostrar mi espíritu.
La vida es un consumirse en preguntas.
No concibo la obra como separada de la vida.
No amo la creación separada. No concibo tampoco
el espíritu separado de sí mismo. Cada una
de mis obras, cada uno de los planes de mí mismo,
cada una de las floraciones heladas de mi
vida interior echa su baba sobre mí.
Me reconozco tanto en una carta escrita para
explicar el encogimiento íntimo de mi ser y la
castración insensata de mi vida, como en un
ensayo exterior a mí mismo, y que aparece en
mí como un engendro indiferente de mi espíritu.

Sufro que el Espíritu no esté en la vida y que
la vida no esté en el Espíritu, sufro del Espíritu-órgano, del Espíritu-traducción, o del Espíritu-intimidación-de-las-cosas para hacerlas entrar
en el Espíritu.
Yo pongo este libro suspendido en la vida, deseo
que sea mordido por las cosas exteriores y
antes que nada por todos los sobresaltos en acecho,
todas las oscilaciones de mi yo por venir.
Todas estas páginas se arrastran como témpanos
en el espíritu. Disculpen mi absoluta
libertad. Me rehuso a hacer diferencias entre
cada uno de los minutos de mí mismo. No reconozco
el espíritu planificado.
Es necesario terminar con el Espíritu como
con la literatura. Digo que el Espíritu y la vida
se comunican en todos los grados. Yo quisiera
hacer un Libro que trastorne a los hombres,
que sea como una puerta abierta y que los conduzca
donde ellos no habrían jamás consentido
llegar, simplemente una puerta enfrentada a la
realidad.
Y esto no es un prefacio de un libro como no lo
son los poemas que lo jalonan ni la enumeración
de todas las furias del malestar.
Esto no es más que un témpano mal tragado.




Un gran fervor pensante y superpoblado llevaba
a mi yo como un abismo pleno. Un viento
carnal y resonante soplaba, y el azufre mismo
era denso.
Y raicillas ínfimas poblaban ese viento como
una red de venas y su entrecruzamiento fulguraba.
El espacio era medible y crujiente, pero
sin forma penetrable. Y el centro era un mosaico
de fragmentos, una especie de duro martillo
cósmico, de una pesadez desfigurada, y que
recaía sin cesar como un frente en el espacio,
pero con un ruido como destilado. Y la envoltura
algodonosa del ruido tenía la instancia
obtusa y la penetración de una mirada viva.
Sí, el espacio devolvía su pleno algodón mental
donde ningún pensamiento era aún nítido ni
restituía su descarga de objetos. Pero, poco a
poco, la masa giró como una náusea fangosa
y potente, una especie de inmenso influjo de
sangre vegetal y retumbante. Y las raicillas
que se estremecían en el borde de mi ojo mental,
se separaban con una velocidad de vértigo
de la masa crispada del viento. Y todo el espacio
se estremeció como un sexo que el globo
del cielo ardiente saqueaba. Y una especie de
pico de paloma real horadó la masa confusa de
los estados, todo el pensamiento profundo en
ese momento se estratificaba, se resolvía, se
hacía trasparente y reducido.
Y nos era necesario entonces una mano que se
transformara en el órgano mismo del aprehender.
Y dos o tres veces todavía la masa entera y
vegetal giró, y cada vez, mi ojo se reubicaba en
una posición más precisa. La oscuridad misma se
hacía profusa y sin objeto. El hielo entero ganaba
la claridad.




Conmigo dios-el-perro, y su lengua
que como una saeta atraviesa la costra
del doble casquete abovedado
de la tierra que le causa escozor.

Y he aquí el triángulo de agua
que avanza con un paso de chinche,
pero que bajo la chinche llameante
se vuelve cuchillada.

Bajo los senos de la tierra horrorosa
dios-la-perra se ha retirado,
de los senos de tierra y de agua helada
que pudren su lengua vacía.

Y he aquí la virgen-del-martillo,
para aniquilar los sótanos de la tierra
donde el cráneo del perro estelar
siente subir el horrible nivel.




Doctor,
Hay un punto sobre el cual habría querido
insistir: es el de la importancia de la cosa sobre
la cual actúan sus inyecciones; esta especie de
relajamiento esencial de mi ser, esta reducción
de mi estiaje mental, que no significa como podría
creerse una disminución cualquiera de mi
moralidad (de mi alma moral) o siquiera de mi
inteligencia, sino más bien de mi intelectualidad
utilizable, de mis posibilidades pensantes,
y que tiene que ver más con el sentimiento que
tengo yo mismo de mi yo, que con lo que muestro
de él a los demás.
Esta cristalización sorda y multiforme del
pensamiento, que escoge en un momento dado
su forma. Hay una cristalización inmediata y
directa del yo en el centro de todas las formas
posibles, de todos los modos del pensamiento.
Y ahora, señor Doctor, que ya está usted bien
al tanto de lo que en mí puede ser alcanzado
(y curado por las drogas), del punto de litigio
de mi vida, espero que sabrá darme la cantidad
de líquidos sutiles, de agentes especiosos, de
morfina mental, capaces de elevar mi abatimiento,
de equilibrar lo que cae, de reunir lo
que está separado, de recomponer lo que está
destruido.
Mi pensamiento le saluda.

(foto: representación de la muerte del revolucionario francés Marat por Antonin Artaud)

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